• Sr. Scott

Realismo sucio es igual a vulgar, no a vulgaridad

REALISMO SUCIO ES IGUAL A VULGAR, NO A VULGARIDAD

Cuando se reflexiona acerca de un tema es crucial aclarar lo que significa realmente. Wittgenstein recomendaba a sus alumnos acudir al diccionario cuando les desconcertase el significado de una palabra. Si hacemos lo mismo con el realismo sucio y acudimos a la RAE, encontramos que realismo es la “forma de ver las cosas sin idealizarlas” y sucio es algo “que tiene manchas o impurezas”.


Wittgenstein tenía razón, ambas definiciones bastan. Pero si quisiéramos profundizar, diríamos que el realismo sucio describe la vida cotidiana centrándose en lo que tiene de oscuro y pesimista, el meollo de la vida. La forma de ver las cosas sin idealizarlas, con sus manchas e impurezas.


El realismo sucio surgió en EEUU en los años setenta, rompía con la literatura épica y social, prescindió de lo onírico y del intimismo y de las frases largas alimentadas de un léxico tan cuidado. Bill Bruford, editor de la revista Granta, fue quien acuñó el término: “Se trata de una nueva generación de autores. Escriben desde el lado malo de la vida contemporánea con un distanciamiento inquietante, a veces rayando la comedia.”


El mejor escritor del realismo sucio fue Raymond Carver. Publicó cuentos y poesía, pero fueron sus cuentos los que desarrollaron y convirtieron el género en una de las corrientes literarias decisivas del siglo XX.


Carver coloca a personas comunes (un mecánico, una camarera, una madre soltera), en situaciones cotidianas y va escarbando entre el alcoholismo, la violencia y la soledad hasta llegar al dolor. Sus personajes han interiorizado tanto el sufrimiento que continúan unas vidas caóticas porque no tienen más remedio.


Su estilo es inconfundible. Utiliza un lenguaje sencillo, austero y aunque se sirve del simbolismo, renuncia a las metáforas y a toda palabra sobrante. Si lo que querías decir con veinte palabras puedes hacerlo con diez, mejor. Y si utilizas un diálogo, mucho mejor.

Un buen ejemplo del realismo sucio es su cuento “¿Por qué no bailáis?”. La historia es sencilla. Max, un alcohólico, saca sus cosas a la calle para venderlas. Una joven pareja se interesa por ellas y al momento los tres comienzan a beber. Max enciende el tocadiscos y pide a la pareja que baile, pero el novio está tan borracho que son Max y ella quienes terminan bailando, parecen felices. El cuento termina con ella relatando a sus amigos la experiencia: “Nos emborrachamos y bailamos. En la entrada de los coches. Oh, Dios. No os riais. Puso unos discos. ¿Veis ese tocadiscos? Nos lo regaló él. Esos viejos discos también. Jack y yo dormimos en cama. A la mañana siguiente Jack tenía resaca, y tuvo que alquilar un furgón para transportar todas las cosas que nos llevamos. Me desperté una vez, y el tipo estaba tapándonos con una manta. Sí. Con esta manta. Tocadla”. Y se cierra el cuento: “Siguió hablando. Se lo contó a todo el mundo. Había más cosas, pero no lograba darles forma de palabras. Al cabo de un rato, dejó de hablar de ello.”


Carver no quiere mostrar directamente la autodestrucción de Max. La simboliza a través de la conversación que mantiene con la pareja, recreando en ellos los recuerdos que guarda de su exesposa.


En poesía, el referente del realismo sucio es Charles Bukowski. Mucho más sucio y grosero que Carver, ambos compartieron la austeridad del lenguaje y una visión amarga y triste de los hombres en un mundo tedioso.


Bukowski fue un generador inagotable de poesía. En EEUU se han publicado más de cuarenta colecciones y antologías suyas. Aquí en España hemos superado la veintena solamente en castellano. Bukowski utiliza una poesía narrativa para llegar al fondo de una realidad que deconstruye con un lenguaje frenético, certero y habitualmente insolente. Y como no podía ser de otra forma, en verso libre.


A menudo se ha querido desprestigiar la poesía de Bukowski asociándola a la verborrea de un borracho, pero su poesía merece respeto. Bukowski conocía el mal y escribía sobre él sin rastro de ambigüedad, ni tamizando el lenguaje. Rompió las convenciones del momento y caló tan hondo que desde entonces la poesía es mucho más expresiva y espontánea.

Bukowski estaba decepcionado con los poetas anglosajones de la época y quiso rebelarse. En una entrevista declara: “Cuando yo era niño, los poetas eran unos blandengues, no sabían enfocar su atención. Si unos chicos están pegándose en el patio del colegio y uno recibe un puñetazo en la boca, y tú lo estás viendo, si a otro le meten la cabeza bajo una fuente y se le llena la boca de sangre, estas cosas nunca se explican. Las realidades nunca fueron explicadas, todo estaba oculto en la poesía. La razón por la que escribo no es porque sea muy bueno, sino porque ellos eran muy malos.”


Carver y Bukowski causaron tal impacto que fueron tremendamente imitados. El suyo era un género muy atractivo. Personajes tan comunes que no resultaban de ninguna parte, tragedias sobre gente que se emborrachaba y miraba la televisión y un lenguaje sin adornos. Pero salvo alguna excepción, el género fue ridiculizado a manos de una legión de toscos imitadores. Bastaba escribir una historia sirviéndose de un borracho maleducado para pretender subirse a la nueva ola.


La pobre imitación del realismo sucio pervive hasta hoy, sobre todo en poesía. Cientos de manuscritos pretenden llegar a las librerías, tras poblar las redes sociales, para contarnos historias que no le interesan a nadie, hay desamor y algo de alcohol; generalmente cerveza, aparecen algunas palabrotas y varias metáforas pueriles y, en el mejor de los casos, se pretende cierto lirismo con un juego de palabras o una rima infantil. A menudo se confunde sencillez con pobreza, pero por desgracia, escribir sencillo y hacerlo bien es muy difícil. Pensemos en Lorca: “En mitad del barranco / las navajas de Albacete / bellas de sangre contraria, / relucen como los peces.”


No terminemos con mal sabor de boca, diría el Caníbal de Milwaukee. Volvamos al principio, a Carver. Aunque destacó por sus cuentos, escribió mucha poesía. Él mismo dijo: “Empecé como poeta. Lo primero que publiqué fue un poema. De modo que supongo que me gustaría que en mi lápida pusiese «Poeta, cuentista y ocasional ensayista», en ese orden.” Murió en 1988, en su lápida el epitafio es otro.


Los poemas de Carver son como el chocolate negro: el regusto amargo inicial se convierte en algo dulce al tragarlo. Este es su poema “Tu perro se muere”:


Lo atropella una furgoneta.

Lo encuentras a la orilla de la carretera

y lo entierras.

Te sientes mal.

Te sientes mal por ti mismo,

pero te sientes peor por tu hija

porque era su mascota

y lo quería mucho.

Solía canturrearle

y lo dejaba dormir en su cama.

Escribes un poema sobre ello.

Lo titulas un poema para tu hija

y trata del perro al que atropella una furgoneta,

de cómo te ocupaste de él,

lo llevaste al bosque

y lo enterraste hondo, muy hondo,

y el poema sale tan bien

que casi te alegras de que hayan atropellado

al pobre perro, si no, no habrías escrito

nunca ese poema.

Entonces te sientas a escribir

un poema sobre la escritura de un poema

que trata de la muerte de ese perro,

pero mientras escribes oyes

a una mujer gritar

tu nombre, tu nombre de pila,

ambas sílabas,

y tu corazón se para.

Dejas pasar un rato y vuelves a escribir.

Ella grita de nuevo.

Te preguntas hasta dónde puede llegar.”